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Fotografías imperfectas, recuerdos infinitos

Hace unos años comencé un proyecto. Uno fotográfico. A algunos ya os sonará porque tiene un perfil en Instagram (@fotografiasimperfectas) y porque también es el nombre de mi Tumblr. Hoy os quiero contar de dónde nace este concepto que tanto me obsesiona.

Tomando café con una amiga, revisábamos fotografías impresas, de las de carrete. Nos encantaban, pero tenían un problema: no eran digitales, es decir, no se podían compartir. Todos sabemos a estas alturas que no hay nada más trágico en este siglo XXI que tener algo bonito y que no se pueda compartir . Sin duda, éste es uno de los grandes problemas de la fotografía analógica.

Poco después me topé con esa comunidad llamada Lomography. Un grupo de activistas pro analógico agrupados en una «red social» en la que se puede -¡atención!- compartir fotografías experimentales. Todo muy loco. Me enamoré. Tenía que probarlo. Esas imágenes extrañas ya habían entrado en mi cabeza.

Por suerte, en unas navidades #Montimago me regaló una de esas cámaras de juguete. En concreto, La Sardina. En la web te la venden así:

La Sardina es una cámara 35mm equipada con una estupenda lente gran angular. Sus geniales prestaciones te permiten experimentar al máximo con múltiples y largas exposiciones. ¡Te abrirá las puertas a un océano de nuevas posibilidades!

Toda una gominola. Preciosa, deliciosa, puro plástico y adicción edulcorada. Reconoceré que, a pesar del flechazo, me costó llevarme bien con ella. El primer carrete lo vomitó como si al bebé le hubiera sentado mal la primera papilla. Yo, primeriza de mí, no sabía qué hacer. No quedaba otra que seguir intentándolo.

Obligándome a cargar con ella, se convirtió el objeto casi indispensable. No es que la lleve todos los días en el bolso, pero sí es lo primero que preparo a la hora de hacer cualquier maleta de viaje, o ante uno de esos eventos especiales que quieres que perduren en la memoria toda la vida.

Así es como fui juntando fotografías misteriosas, digitales en cuanto a formato pero analógicas en cuanto a la creación propiamente dicha. De esto último, lo que más me fascinaba -y aún lo hace- es lo poco que puede ser manipulada. Claro que puedes jugar con multitud de parámetros: las luces y sombras, los colores, las texturas… pero a la hora de hacer una multiexposición no tienes la misma capacidad para tomar decisiones como te ofrece el panel de Photoshop. Hay, no sé, algo de magia, de sorpresa. Necesitamos sorprendernos de vez en cuando. No saber qué saldrá, imaginar mientras esperas el revelado.

El caso es que decidí abrir el blog cuando reuní algunas imágenes curiosas. Las llamé imperfectas. Pero, ¿por qué?, ¡si se pueden compartir! Pues bien, son imperfectas porque, en esencia, siguen siendo analógicas. Su naturaleza es imperfecta y es ahí donde reside su belleza. Ese grano, esa mota de polvo que se cuela al contraluz, ese objeto que se mueve antes de lo debido, forman parte de su carácter. La fotografía de moda y publicidad está genial, pero la perfección y el retoque son, en ocasiones, un lastre. No podemos avanzar si no tomamos consciencia de que todo lo que nos rodea es imperfecto; también lo somos nosotros mismos.

Con el tiempo, empecé a echar de menos aquellas fotografías de las que os hablaba al principio. Los likes ❤️ y los comentarios no saben igual si lo que compartes no va acompañado de unas birras y unas risas de por medio. Ahora, gracias a Saal Digital -podéis visitar su web aquí– puedo pasear parte de mi proyecto fotográfico por todas las terrazas de Madrid. Llevaba tiempo queriendo dar forma a esas imágenes, pero temía que terminara siendo un álbum más de esos que parecen maquetados por un daltónico, con mal gusto y con elementos que no fueran míos. Por supuesto, tampoco quería destinar el 98% de mis ahorros a un capricho impreso con tinta de unicornio.

Afortunadamente, cotilleando la cuenta de Instagram de un compañero de batalla -que fotografía mucho mejor que yo- vi que había probado la marca y lo recomendaba. ‘Otro fotoprix más’, pensé yo. Comentándolo en el calentamiento de un partido, volvió a insistir en que lo probara.

Lo primero, como en otros casos, es descargarte el programa. Bueno, bien. Rollo, pero bien. Es sencillo si estás acostumbrado al siglo XXI y te da opción de maquetarlo con el programa al que tú estés más habituado, o a hacerlo con el suyo propio. Para probarlo, así lo hice yo. ✌️Dos cosas que me gustaron: tiene multitud de plantillas, en el sentido de que te da muchas posibilidades de elegir cómo quieres distribuir tus imágenes -no en el sentido de ¡fiesta del color!- y, dos, el diseño de la página es elegante -gracias por decir adiós a la feria de lo hortera -.

El siguiente paso es el de elegir cómo va a ser el álbum. Para mí este es el más importante. La disposición de las imágenes me sale casi sola, me gusta dejarme llevar; pero decidir entre mate y brillo, un grosor u otro, siempre me crea dudas porque el matrimonio no sé, pero un álbum es ¡para toda la vida! Al final me decidí por el mate y doble grosor para las páginas del interior y el brillo mullidito para las cubiertas –parfavor, que mencanta-. Sintiéndolo mucho -o, no tanto-, también opté por eliminar el código de barras y la marca; que, a ver, ¿qué pintan ahí?

Para finalizar, rellenas los datos de la compra – pan comido si sois del sig*, ya sabéis- y, a partir de ahí, podéis seguir su recorrido como si de una pizza se tratara –lovely-. No hice la prueba, pero puede darse el caso de que el álbum llegue a casa antes que la pizza. Rápido y sin extravíos. Si queréis que os lo enseñe más, tan solo tenéis que invitarme a una cerveza.

 


 

 

  1. Venga va, bonus track que yo he descubierto tarde: podéis descargaros de la web el perfil ICC para ver cómo va a quedar el producto final.

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